Finca Río Negro
Recuperar la tradición vitivinícola
Finca Río Negro es la historia de una familia y de un lugar.
A finales de los años noventa, guiada por la voluntad de construir un proyecto común, la familia Fuentes decidió recuperar la tradición vitivinícola de su finca en el entorno de Cogolludo, donde la vid había formado parte del paisaje durante siglos y donde, por entonces, estaba desapareciendo.
En 1999 se plantan las primeras viñas. Fue un inicio prudente: solo tenía sentido continuar si se lograba un vino a la altura de lo que la historia de este paraje merecía. Más aún en una finca situada en el límite tradicional de cultivo, definida por la altitud, la severidad del clima y la singularidad de sus suelos.


Con los años, el viñedo creció hasta alcanzar las 44 hectáreas actuales; la bodega tomó forma y el proyecto se consolidó sin perder su esencia: trabajar la tierra propia, comprender su carácter y elaborar un vino del que poder sentirse orgullosos.
La primera añada comercial, en 2007, marcó el inicio de una trayectoria que avanza paso a paso, siempre fiel a su origen. Ese camino evolucionó con la incorporación, en 2019 y 2022, de una nueva dirección técnica —Manuel del Rincón en viticultura y Xavier Ausàs en enología— que aportaron una mayor precisión y un conocimiento aún más profundo del viñedo, reforzando la identidad del proyecto sin modificarla.
En paralelo, la recuperación de la variedad endémica Tinto Fragoso identificada en antiguos viñedos de la zona, reforzó el vínculo con el territorio, integrando pasado y presente como parte de la identidad de la bodega.
En 2025, tras casi tres décadas de trabajo la Unión Europea concedió a Río Negro su propia Denominación de Origen, reconociendo a nuestros vinos con el distintivo de Vino de Pago. Un hito que no define el proyecto, pero sí lo confirma: el de una familia que decidió volver a la tierra para construir algo propio, auténtico y perdurable.
Cogolludo y el vino
La historia de Cogolludo no puede entenderse sin la unión profunda entre la viña y el vino. Durante siglos, este binomio ha sido el motor económico de la villa y el elemento que ha moldeado su paisaje, su cultura y la identidad de sus gentes, hasta que la filoxera y el éxodo rural de los años cincuenta provocaron el abandono de muchos campos y viñedos.
La existencia de Cogolludo aparece documentada por primera vez en el año 1100, cuando el rey Alfonso VI dona estas tierras recién reconquistadas, dejando constancia de la presencia de viñas. Poco después, la portada románica de la iglesia del siglo XII muestra un calendario agrícola con escenas dedicadas a la poda, la vendimia y el trasiego de barricas, un testimonio temprano de una elaboración orientada a vinos longevos y de prestigio. Ese espíritu —el de crear vinos concebidos para perdurar— sigue siendo hoy uno de los rasgos distintivos de Río Negro.


En 1461, los documentos ya mencionan a Cogolludo como un mercado de vino plenamente establecido. En el siglo XVI, las Ordenanzas Municipales protegen tanto las viñas como la calidad del vino local, reflejando la importancia que tuvo su comercio, llegando a relacionarse con la Corte: Cogolludo fue residencia de los Duques de Medinaceli, y en 1502 Antonio de Lalaing dejó constancia en sus crónicas de la magnificencia del Palacio ducal a ojos de Felipe II —“el más rico alojamiento de España”— y de la calidad de los vinos que allí disfrutaron.
La magnitud del viñedo se confirma en el Catastro de Ensenada de 1751, con cerca de 900 hectáreas registradas. También la iconografía de la Virgen del Carmen, patrona de la villa, aun hoy representada con racimos de uva, subraya esa profunda identidad vitícola.
La arquitectura popular conserva huellas de ese pasado: casi la totalidad de las casas cuentan con cuevas excavadas bajo sus cimientos, antiguas bodegas familiares denominadas caños, que hablan de una dedicación al vino tan arraigada como cotidiana.
Todas estas referencias históricas evidencian la importancia y el prestigio que tuvo el vino de Cogolludo desde sus orígenes, así como la singularidad de este enclave. Una historia propia, que ningún otro pueblo de la Sierra de Guadalajara comparte y que, unida a la existencia de variedades locales como la Tinto Fragoso, confirma la identidad excepcional de estas tierras: un territorio único, con condiciones irrepetibles en el mundo vitícola.


